miércoles, 18 de octubre de 2017

3.3 El Errante: las bestias de la guerra. Episodio 3 p.3

«La oscuridad ha vuelto al bosque maldito volviendo a la normalidad. No es seguro apartarse del camino. Pues mortales criaturas esperan en el abrigo de la espesura.»



–¿Por qué es más normal? –Preguntó Shárika.
–Estáis en el Bosque Lubre, nunca los rayos del Sol habían bañado estos árboles. Hasta hoy.
–Magia –dijo Thomas escupiendo la palabra.
–Sí. Y de la peor que puedas encontrar –le dijo el Errante.
–¿Hay algún tipo de magia buena? –Le contestó Thomas irónicamente.
–Puedes andar, ¿no? –Le respondió Saera.
–Disculpad pero has dicho hasta ahora. ¿Y por qué hoy sí? –Le preguntó Ermis al Errante.
–¿Un gesto de buena voluntad? –Más que respuesta fue pregunta.
–Supongo que sí –la respondió Sebral–. Pero continuemos. No deseo permanecer en este lugar más tiempo del imprescindible.
Pese a la oscuridad el camino permanecía inmutable sin ofrecer dificultad alguna. Y a lo largo de él los silenciosos soldados custodiaban el trayecto a seguir, dispersos entre los árboles.
Sebral se acercó un poco más al Errante para poder gozar de cierta intimidad.
–Dime, ¿y tú como te encuentras viejo amigo? Pues ayer la noche estaba muy avanzada y el peso del cansancio caía sobre mi ya anciano cuerpo, pero ahora fortalecido después de un merecido sueño mi boca se aligera y deseo conocer. Un velo de tristeza ensombrece tu rostro. ¿Qué os preocupa?
–Por lo que veo tu edad no ha disminuido tu capacidad de observación –respondió el Errante taciturno–. Muchas calamidades aquejan a este mundo en esta hora. La vuestra y la mía son sólo parte de ellas.
El anciano no dijo nada por un tiempo.
–Oye. Cuando nos encontramos ayer en la taberna, ¿fue casualidad o nos estabas esperando?
–Os esperaba. Sabía que tomaríais el camino del sur, por ser el más seguro, y que podríais tener problemas. Aunque no esperaba que los tuvierais tan pronto.
–¿Lo dices por esos soldados?
–No. Estoy seguro que no habrían supuesto mucho problema. Vosotros dos vais bien protegidos con los legionarios.
–Gracias –dijo Shárika, que aún yendo delante no pudo evitar oír el halago.
–De nada. Fue el jugger lo que me hizo actuar.
–¿El jugger? Apareció después –comentó Shárika extrañada.
El Errante miró a Sebral y en su rostro vio muda complicidad.
–Lo oí –dijo el Errante como explicación.
–¿Desde la taberna? Lo dudo.
Sebral esbozó una sonrisa que fue correspondida por el Errante.
–Dúdalo si quieres. No importa. Lo que sí importa es el origen del jugger.
–Creo ver tus pensamientos. Sylvania, ¿verdad? –Preguntó Sebral.
–Sí. Todo indica que fue ella.
–Sólo ahora se atrevería a algo así. Debemos de...
–Debéis salir del bosque y completad vuestro viaje –interrumpió el Errante–. Tal vez el Rey de Lican os ayude y os dé cobijo.
–¿Cómo sabes a donde nos dirigimos? –Preguntó Shárika extrañada.
¬–Lo sé, y eso debería bastar.
–Has dicho: “Debéis salir del bosque y completad vuestro viaje”. ¿Debo suponer pues que no vendrás con nosotros? – Preguntó Sebral.
–Begor sabe que me gustaría, pero otros asuntos reclaman ahora mi atención.
–¿No nos ayudarás? –Preguntó Shárika sorprendida.
–No. Os acompañaré hasta el final del bosque pero luego nuestros caminos se deberán separar. Yo partiré al oeste, y vuestro destino está en el este.
–Pe... pero. Yo esperaba que... –Interrumpió Saera que había estado escuchando.
–No princesa –le dijo el Errante en el tono más afable que pudo encontrar –. Como ya he dicho tengo cosas urgentes que hacer. Quizás más adelante, sólo Seanil lo sabe.
–¿Y qué son esas cosas tan urgentes si se puede saber? –Preguntó rabiosa.
–No se puede saber.
Sebral apartó un poco a la princesa para decirle:
–No puedes tratar de obligarle. Él ya ha hecho su decisión y debemos respetarla.
–No quiero –le contestó.
–Pues debes. Y enfadarte no te servirá de nada –le reprochó con el semblante más serio que pudo encontrar–, te recuerdo que ya no estás en palacio.

sábado, 14 de octubre de 2017

3.2 El Errante: las bestias de la guerra. Episodio 3 p.2

«Por primera vez en mucho tiempo luce la luz del alba en el Bosque Lubre y tampoco es cuestión de desaprovechar la ocasión. Ni siquiera para revelaciones de última hora.»

Los rayos de luz iluminaron el Bosque Lubre anunciando el amanecer.
–Curioso –se dijo el Errante para sí.
Desvelado el grupo los durmientes empezaron a desesperazarse bajo la atenta mirada del Errante que permanecía en silencio.
–Tengo hambre –dijo Thomas.
–Tú siempre tienes hambre –contestó Jhiral.
–¿No sabías que el desayuno es la comida más importante del día?
–Para ti todas las comidas son importantes.
El Errante estudiaba a los legionarios; formaban un buen grupo, compacto y entrenado. Jhiral y Thomas parecían conocerse desde hacía tiempo. Ermis y Shárika por el contrario debía ser la primera vez que actuaban juntos. Sin embargo existía un alto grado de compenetración entre los cuatro y mientras los dos primeros recogían el escaso equipaje los otros dos restantes montaban guardia en los flancos.
Ni Saera ni Thomas acusaron dolores en sus heridas y parecían estar completamente sanados. Ninguna secuela les impedía emprender la marcha. Saera vio al Errante mientras éste liaba
un cigarro, se acercó a Sebral y le susurró al oído.
–Maestro, ¿es el soldado de la taberna?
Sebral le miró y sonrió pensando que para su alumna toda la gente se dividía en cortesanos o soldados. No hacía más distinciones.
–Así es princesa. Pero no es un soldado, es un simple aventurero.
–Nos salvó la vida, ¿verdad? –Preguntó haciendo caso omiso al comentario de su maestro.
–Muy posiblemente sí. Creo que sí lo hizo.
–Entonces, creo que como heredera del trono de Ákrita me corresponde agradecerle su ayuda, ¿verdad? –Dijo Saera buscando aprobación.
–Hum. Así es princesa –respondió Sebral meditabundo mientras luchaba con las correas de su equipaje.


El Errante se encontraba al lado de Ermis, el cual observaba nervioso los linderos del bosque en los cuales todavía se encontraban soldados del ejército del Rey Vidom:
–Tranquilo –le dijo el Errante–. Si quisieran atacarnos ya lo habrían hecho. Llevan ahí toda la noche.
–¿Toda la noche?
–Sí. Y no se han movido ningún milímetro. Deberíamos darnos prisa, esta luz no durará mucho –continuó cambiando de tema.
–¡Soldado! –Interrumpió Saera.
Ermis giró para responderle mientras que el Errante no se inmutó.
–No es a ti a quien busco, si no a él –dijo señalando al Errante.
–¿A mí pues? ¿Y que quieres pequeña? –Dijo el Errante sin volverse para mirarla.
–¡Mírame cuando te hablo! –Gritó Saera.
–No hay tiempo para juegos pequeña. Corre a recoger tus cosas. Tenemos prisa.
–¿No sabes con quién hablas? Soy Saera, hija del Rey de Ákrita y heredera legítima a su trono. Deberías...
–Debería darte un par de azotes para que fueras a recoger tu equipaje, princesa –interrumpió el Errante –. ¡Vamos! Nadie lo va ha hacer por ti.
–¡¿Cómo te atreves?! ¡Te arrepentirás por esto! –Bramó encolerizada pataleando el suelo.
El Errante desenfundó con presteza su espada de la funda de la espalda y la apoyó junto al cuello de la princesa, alarmando a todo el grupo.
–Nunca. Nunca amenaces a alguien que se sabe más poderoso que tú. En estos momentos tu vida depende de un giro de mi muñeca, y mi paciencia.
Saera con los ojos desorbitados de pánico reconoció la verdad en sus palabras.
–Y bien, ¿qué decides? Corres a hacer tu equipaje o prefieres seguir molestando aquí.
La princesa decidió rápidamente y sus jóvenes piernas la llevaron volando junto a su maestro.
–Sabia decisión –se dijo el Errante.
–Querido amigo, creo que en representación de todos los aquí presentes, gracias. Hacía tiempo que se lo andaba buscando –le dijo Ermis.

–Maldito aventurero de pacotilla –se dijo Saera junto a Sebral –. ¿Cómo se atreve? Cualquier día de éstos se arrepentirá de sus palabras. Espera que encontremos al Errante, entonces verá lo que puede hacer una princesa.
Sebral la observaba divertido sin poder refrenar una carcajada dijo:
–No verá nada Saera. Él es el Errante.
La noticia la dejó paralizada, pero pronto salió de su estupor para obedecer la orden del Errante.
Una vez organizado el grupo se puso en marcha. Al salir del claro para tomar el camino vieron asombrados como ahora éste se mostraba ante ellos recto y ancho ofreciendo una cómoda travesía.
–Por lo que se ve, tu estratagema a surtido efecto.
–Era lógico. Le di esperanza, y no puede arriesgarse a perderla.
El grupo comenzó a andar por el camino. Shárika encabezaba la marcha, seguida por Sebral junto al Errante y Saera. Los legionarios cuidaban la retaguardia vigilando a los soldados que aparecían entre los árboles. Parecían vigilar cada uno de sus pasos.
–¿Tú crees que estamos mejor que antes? –Le preguntó Jhiral a Thomas.
–Con el estomago vacío no creo en nada –le contestó el legionario.
–Venga, no os rezaguéis –les espetó Ermis–. No quisiera encontrarme solo rodeado por esos, ¿y vosotros?
Como muda respuesta aceleraron el paso para unirse con el resto que andaba un poco más por delante.
De improvisto el cielo se oscureció y el día se extinguió para dar paso a la noche. Una noche extraña, sin estrellas ni luna que la iluminara.
–Esto es más normal –dijo el Errante.

viernes, 13 de octubre de 2017

3.1 El Errante:las bestias de la guerra. Episodio 3 p.1

«Un nuevo día. Es hora de recapitular y aprender de los errores.»



3-La separación


Los rayos de luz asomaban por la ventana quebrantando la ley de la oscuridad, pero hacía tiempo que Sylvania permanecía despierta.
Pese a su tremendo cansancio había permanecido desvelada calculando, planeando la futura guerra. No podía permitir que su inepto marido la dirigiese. Así todo acabaría en desastre antes de empezar y ellos ahorcados como simples ladrones. Comprendió que crear un ejército de juggers conllevaría demasiado tiempo, del que no disponía. Debería también conseguir una fuerza de choque, más simple y mucho más numerosa. Debería ampliar el Pozo, llamar al maestro armero y darle ordenes adecuadas. Debería... Se dijo «¡basta!», tantas preocupaciones le iban estallar en la cabeza. Decidió llamar a uno de sus amantes, quizás después pudiera dormir un rato. Así fue, pero poco durmió.
La luz alcanzó la cama despertando a su tierno amante quien adormilado se percató de la ausencia de su compañera en el lecho. Alzó tímidamente la vista para localizarla junto a la ventana.
Era preciosa, su larga melena morena caía en leves ondulaciones sobre sus hombros y espalda; y al contraluz su túnica marrón no impedía mostrar las suaves curvas de sus caderas y la largura de sus piernas. Al mirarla el recuerdo de las horas pasadas juntos asaltó su mente.
–¿Estás ahí? –Afirmando más que preguntando en lucha con la pereza de sus cuerdas vocales.
Ella se giró y su larga melena flotó en el aire.
–¿Ya estás despierto?
–Más o menos –confesó el durmiente.
–Pues vístete y déjame sola –ordenó Sylvania.
Él se levantó ofendido y mientras se vestía dijo:
–No tienes derecho a tratarme así.
–No te confundas amor. Eres muy bueno en la cama pero sólo eres eso. No intentes ser algo más –Le advirtió sin dignarse a mirarle. –¡Vamos! Date prisa. Tengo cosas que hacer.
El amante no contestó. Se limitó a obedecer y se fue de los aposentos privados con el orgullo herido dejando un portazo como violenta despedida.
Sylvania hizo caso omiso al sonoro golpe y empezó a planificar su plan de acción. Todo él se basaba en un estudio concienzudo sobre la creación de los juggers. Haciendo una mueca de fastidio se dirigió hacia su estudio privado. Subió por las acaracoladas escaleras hasta llegar al portal protegido por arcanos hechizos de protección. Por supuesto no tuvo ningún problema para traspasarlo y ponerse a buscar en su armario el libro de hechizos correspondiente para desmenbrarlo y estudiarlo parte por parte.

jueves, 12 de octubre de 2017

2.15 El Errante: las bestias de la guerra. Episodio 2 p.15

«Con sus vidas en juego no hay más remedio que apostar todo a la carta más alta.»

Con unas breves palabras y un par de gestos provocó un círculo de llamas que protegió el campamento rodeando el claro en su lindero. El Errante se acercó a Sebral.
–Despierta, viejo, te necesito ahora –le dijo dándole pequeños puntapiés con sus botas.
Shárika por su parte despertó a sus legionarios poniéndoles en posición defensiva alrededor de Saera. Las llamas alumbraban sus asustados rostros mientras que la princesa permanecía dormida ajena al peligro.
Sebral se incorporó sacudiéndose el polvo de sus ropas y se dirigió hacia donde estaba el Errante, que situado junto a las llamas observaba el ejército de cadáveres. Soldados muertos, centenares, se agolpaban junto el claro a la espera de la orden de ataque. Una orden que no llegaba debido a la barrera de fuego.
–¿Para qué me necesitas?
–Lo único que les impide entrar es el fuego. Si yo fallo deberás de procurar que no se apague o moriremos.
–De acuerdo. ¿Y tú que vas a hacer?
–Voy a jugar un rato –. Dijo irónicamente.


–Mierda.
–Ese vocabulario, anciano.
El Errante se separó un poco de Sebral y gritó:
–Rey Vidom. Sal y muéstrate. Quiero verte, tengo un negocio que proponerte.
Nadie contestó, pero el bosque enmudeció. El viento dejó de soplar. Pasó un instante eterno y al final Sebral observó como los soldados se retiraban suavemente, como flotando, para formar un pasillo.
–¡Ahí! –Gritó.
–Ya lo he visto. –Un vistazo al claro para asegurarse que el resto estuviera bien. Saera seguía dormida. El fuego cumplía su misión y ningún soldado osaba atravesarlo, todavía.
El fondo de recién creado pasillo se perdía en las entrañas del bosque, de ahí apareció el rey Vidom. Andando, flotando levemente, lentamente hasta el claro. Su armadura dorada brillaba desgajando la oscuridad del bosque como un cuchillo, su azulada capa flotaba etérea alrededor de él. Al llegar al círculo de fuego se detuvo, justo enfrente del Errante, reflejándose las llamas en su escaso rostro y en su corona.
–¿Quién eres tú, que proclamas poder hacer negocios conmigo? –Preguntó. Y pese a no poseer ningún labio, Sebral juraría que estaba sonriendo divertido.
–Soy el Errante.
No dijo más. En silencio observó al anciano cadáver andante mientras el rey estudiaba la situación y los sitiados.
–He oído hablar de ti. Hasta en el ahora actual mi reino las noticias de tus gestas han llegado nítidas y claras a mis extintos oídos. Pero, ¿por qué no habría de matarte y regar los árboles de mi bosque con vuestra sangre?
–Porque soy uno de los pocos que sabe la razón de vuestra situación. –Dejó que la frase flotara en el aire mientras buscaba una hoja en su ropa para prepararse un cigarro, creando una pausa artificial–. Pero soy el único que posee el poder para terminarla. –Concluyó mientras encendía el cigarro con las mismas llamas que formaban su barrera de fuego.
Vidom enmudeció pero después de unos breves instantes irrumpió en carcajadas. Su risa era aterradora y Saera tendría pesadillas con ella toda su vida, pese a estar dormida cuando las oyó. El ejército de muertos rió junto a su rey poniendo a los legionarios más nerviosos.
–Demuéstralo. –Ordenó el rey.
–¿Acaso no fue Férmax el causante de tu encierro? Del tuyo y el de tu ejército. ¿No fue persiguiendo a este mago que había escapado de tus lacayos que llegasteis a este bosque? ¿No fue aquí, quizás no muy lejos de donde nos encontramos ahora, que os hechizó y maldijo para siempre? ¿No es verdad? –Dejó tiempo a que el rey pensara–. Y desde entonces habéis estado esperando a que alguien vuelva con la llave de vuestro exilio eterno.
–Y ese eres tú, si no me equivoco.
Sebral observaba la escena pero se dio cuenta de cómo los soldados se acercaban cada vez más a la barrera a la espera de una sigilosa señal de ataque.
–Sí, yo soy.
–Pues empieza. Líbranos de esta prisión de madera.
–Luego, ahora no tengo el pergamino con el hechizo adecuado. Más tarde, lo juro.
–¡Mientes!
–Sabes que no.
–Mataré a tus amigos uno a uno hasta que consiga que lo digas.
–No. No lo harás –dijo mirándole fijamente a sus cuencas donde siglos atrás debían estar los ojos. – Porque si así lo haces, si alguno de ellos sufre daño alguno dentro de este bosque, te haré directamente responsable de ello y nunca, nunca volveré para liberarte. Eso también te lo juro.
–Sigues mintiendo, es un farol.
–No puedes arriesgarte y lo sabes. Pero no es un farol. –Continuó mientras estudiaba al rey de los muertos. –¿Qué decides? ¿Habrá lucha, o no?
El Rey Vidom levantó el huesudo brazo y el ejército se retiró entre los árboles.
–No habrá lucha. Viviréis. Por hoy –dijo mientras se esfumaba como el humo.
Sebral sopló aliviado mirando ahí donde antes le esperaba la muerte. El Errante se le acercó y le puso la mano en el hombro por detrás suyo.
–Ya puedes volver en brazos de Lotos. No necesitaremos más el fuego por hoy. Descansa viejo amigo.
–¿Estás seguro? –Preguntó escéptico.
–Por supuesto. Anda, ve y diles a los demás que pueden descansar tranquilos. Deben de recuperar fuerzas, pues mañana las necesitaran. Te lo aseguro.
Cansados como estaban, ninguno de ellos se opuso a la sugerencia y al poco rato todos dormían mientras el Errante custodiaba sus sueños.

sábado, 23 de septiembre de 2017

2.14 El Errante: las bestias de la guerra. Episodio 2 p.14

«Mientras Sylvania se ha mostrado como la auténtica enemiga y reposa en sus aposentos la compañía descansa de su viaje en el claro del Bosque Lubre»


Ajena a estos sucesos Shárika esperaba ansiosa al cambio de guardia. El primer turno había pasado tranquilamente y el cansancio se adueñaba de su ser. Shárika fue hacia el Errante.
Se acercó a su oído para despertarle. Un cuchillo se interpuso entre su cuello y él. El Errante abrió su único ojo.
 –Cambio de turno –susurró acongojada.
Después de un momento de vacilación retiró el cuchillo.
–Ya. Gracias por avisarme –contestó mientras guardaba el arma.
–De nada –respondió ella cerciorándose de que seguía con el cuello intacto.
Presto el Errante se incorporó y vistió su capa. Ignorándola anduvo por el claro lejos de la lumbre de la hoguera. Ella observó como se acercaba al borde del claro para detenerse a escudriñar la espesura del bosque, parecía como si olfateara el aire. Siempre había creído que el famoso Errante era una leyenda, un cuento creado por algún trovador y que poco a poco fue tomando cuerpo hasta convertirse en mito. Un conjunto de historias para asustar a los niños traviesos y entretener a los traviesos de la corte, no tan niños. Ahora estaba frente a esa leyenda. Decidida se acercó para hablarle:
–¿Sabes?, siempre he creído que no existías –dijo con aire ausente–. Que todo eso que dicen que has hecho, o has dejado de hacer, eran cuentos. Pero es cierto, ¿verdad?
–Todo no –contestó–, sólo algunas cosas.
–¿Puedo hacerte una pregunta?
El Errante asintió con la cabeza sin apartar la vista del bosque. Un olor de podredumbre llegaba de la dirección en la que estaba mirando.
–¿Por qué llevas dos espadas?
Él sonrió. Con un gesto le indicó que volviera con él al centro del claro y a medio camino entre la hoguera y el árbol más cercano se sentaron.
–Son katanas –empezó a decir–, provienen del sur. Más allá existen otros reinos, separados de nosotros por el Gran Desierto, las Cañadas de Liorot y la Sierra de los Kisobes con la Gran Muralla.
–¿Y eso cómo lo sabes? Nadie ha llegado hasta allí.
–Hace unos años me dediqué a explorar el mundo, a errar por él para conocer otros sitios, otras culturas, gente diferente. Crucé el Gran Desierto y...
–¿Qué cruzaste el Gran Desierto?
–Sí. Y es una experiencia que no recomiendo a nadie –explicó–.  Fue un periodo muy duro para mí y la verdad es que no pensé que fuera a salir con vida de allí. Pero salí, y llegué a un mundo diferente, aunque igual a la vez.
«Conocí gente diferente con nuestros mismos problemas y pesares. Sus armas y sus maestros de armas. Aprendí sus técnicas las cuales me traje de recuerdo, además de las dos katanas.
Algún día te enseñaré esas técnicas Shárika... ¿o debería decir Neamer, del reino de Ellodes?»
La sorpresa la golpeó y dejó muda. Los recuerdos fulminaron la mente de la sargento: Volvió a oír el clamor de la multitud, volvió a probar la arena del coliseo, volvió a saborear la sangre del enemigo y las mieles del éxito. Era Neamer “la amazona”, campeona del coliseo de Lican, la mejor gladiadora de todos los tiempos. Una fugitiva que tuvo que huir con el abrigo de la noche al reino vecino para enrolarse en la Legión. Su mano se deslizó agilmente hacía su daga pero El Errante la detuvo.
–Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo.
Ella soltó la daga sin apartarle la mirada.
–No pretendo delatarte, al contrario. Sé que Sebral y Saera no podrían tener mejor compañía. Conozco tu historia, estuve allí cuando ocurrió todo. Aunque nadie sabía de mi presencia, por supuesto –añadió con cierto orgullo–, pero Kromson se merecía lo que le hiciste.
«Pero cuando lleguéis a Lican yo que tú me andaría con mucho cuidado. –Dijo poniéndose en pie.– Aquel idiota hoy es la mano derecha del rey, el capitán de su cuerpo de élite, y un vengativo estúpido que intentará acabar contigo si te descubre. »
–Ahora arriba, han llegado –avisó.
–¿Quién ha llegado? –Preguntó alarmada.
–Vidom, y su ejército de muertos. No sé que les habrá hecho retrasarse.

sábado, 16 de septiembre de 2017

2.13 El Errante: las bestias de la guerra. Episodio 2 p. 13

«La conexión mágica con su criatura es algo más física que lo que Sylvania desearía, incluso más dolorosa.»


Sylvania gritaba de rabia y dolor en la soledad de sus aposentos. Sentada sobre una silla de madera arqueaba su cuerpo para hacer frente al súbito ataque de dolor. Durante dos eternos minutos gritó presa de él pero nadie se atrevió a interrumpir en sus aposentos para socorrerla; tal era el miedo de sus sirvientes que ninguno quería desobedecer su última orden. Los gritos sonaron por toda la estancia, traspasando puerta, portales y portalones para propagarse por todo el castillo y extender el miedo entre sus acobardados habitantes.
El castillo se situaba en un promontorio de la Cordillera Numex. La cual servía como frontera natural al norte entre el reino de Ákrita y los salvajes de los Territorios del Norte.
Construido de negra roca, natural de las canteras de la zona, el castillo de Nebuk había servido de hogar y refugio de la familia Eneiro.
Bajo el mando de esta familia la región de Vakria se convirtió en la protectora natural del reino de Ákrita frente a las continuas incursiones de los bárbaros norteños. Los componentes de la familia alternaban su ferocidad en la guerra con la más amplia ilustración y cultura, pues no en vano se encontraban a pocos kilómetros al oeste de la Universidad.
Los descendientes del legendario Nebuk Eneiro siempre habían gozado de una gran respetabilidad entre sus gentes llegando a alcanzar una alta posición en la corte, pero con el paso de los años los norteños redujeron sus infructuosos ataques y la gran clase guerrera perdía su fuerza entre los libros generación tras generación. Pero, pese a todo, el antaño glorioso castillo de Nebuk permanecía siendo símbolo de pasadas glorias y la familia, aún respetada y gobernante de la región, se encargaba de que no cayera en el olvido.
Pero no era admiración por su señora lo que ahora sentían. Era de dominio público que era ella la que mandaba en el castillo y por extensión en Vakria, pues fácilmente manejaba a su marido para conseguir sus propósitos, permaneciendo ciego éste frente a la sangre derramada dentro de sus muros y las fiestas de su mujer con sus amantes en sus aposentos.
Mas Sylvania permanecía sola ahora. El eco de sus gritos se había extinguido y su garganta no permitía quejido alguno. Las lágrimas de dolor resbalaban sobre su bello rostro; su túnica de transparente seda negra permanecía pegada a su perfecto cuerpo por la acción del sudor y el medallón de su pecho subía y bajaba a causa de su respiración forzada.
Medio adormilada por el esfuerzo Sylvania meditaba su situación. Nunca hasta ahora su relación con sus creaciones había sido tan estrecha. El repentino dolor que le había embargado era algo nuevo, inesperado. Ahora sabía lo que sentía un jugger al morir, y no quería volver a sentirlo. Necesitaba cambiar eso. Sylvania era también lo suficientemente inteligente para reconocer sus propios errores; era fácilmente irritable y enseguida tomaba el control de su criatura. Y ese error no se lo podía permitir. Necesitaba variar el hechizo de creación para crear un jugger más independiente, más autónomo, menos ligado a ella pero igual de leal a su creadora. Si lo conseguía podría obtener un ejército sin arriesgar a su gente. Sería la excusa perfecta para convencer a su marido. Necesitarán ese ejército para la guerra que se avecinaba. Y con el Errante en ella podría ser la gran Guerra, «El
Cambio», pensó. Pero ella prefería no enfrentarse al Errante.
Después de su decisión empezó a cavilar sobre la forma de variar el hechizo pero las múltiples variantes embotaban su ya nublada mente y dando un respingo se levantó de la silla de
ébano para acostarse en su mullida cama.

sábado, 9 de septiembre de 2017

2.12 El Errante: las bestias de la guerra. Episodio 2 p.12

«El jugger se enfrenta a su enemigo natural. Aquel para el que realmente fue creado en los albores de los tiempos.»




Una voz grave y profunda sonó en el bosque:
–¡Por Nebra! Parece ser que aún después de tanto tiempo voy a tener algo que agradecer a los dioses. ¡Defiéndete entonces vil criatura pues es por uno de tus creadores por lo que me encuentro atrapado aquí y por Sark que no te daré cuartel alguno! Hoy sentirás la furia del Rey Vidom “El Exterminador”.
La confrontación no se hizo esperar. El ataque fue rápido y preciso. El jugger paró el golpe justo un segundo antes de que la espada del rey le cortara el cuello. Su respuesta fue igual de instantánea y con una patada en el tórax arrojó al cadáver al suelo. Alzó su gran espada para asestarle el último golpe mientras su contrincante permanecía desconcertado pero la espada de éste se interpuso en su camino resistiendo el fuerte impacto pese a su lamentable aspecto. Por un instante permanecieron en la misma posición midiendo sus fuerzas.
Sylvania podía notar el odio palpitar en las cuencas vacías del Rey Vidom a través del jugger. El rey quebró el momento con una zancadilla que arrojó al jugger al suelo. Vigilantes el uno del otro se levantaron lentamente y después ambos se lanzaron el uno contra el otro alzando sus espadas. Éstas chocaron con gran estrépito haciendo temblar el suelo y las aguas de la ciénaga por la furia del golpe. El jugger acercaba lentamente su espada al rostro del enemigo pero un puñetazo de éste en su rostro le robó la oportunidad. El rey no perdió el tiempo y agachándose para esquivar un ciego mandoble del jugger asestó una afortunada estocada en la rodilla izquierda del enemigo. Tambaleante el jugger se tocó la herida con la mano izquierda mientras sujetaba su espadón con la otra mano sin esfuerzo aparente.
–¡Cae ser abyecto! –Gritó el Rey Vidom– ¡Cae de una vez! ¡Es Vidom “El Exterminador” quién te lo manda!
Tal era su situación en la lucha que el jugger prefería retirarse pero la rabia volvió a apoderarse de Sylvania e impulsó a su títere a atacar. El ataque fue ciego y encolerizado, sin apenas posibilidad de éxito. El Rey Vidom paró el curso del arma de su enemigo con facilidad pero el impulso de éste les lanzó al suelo. Una vez allí el puño del jugger alcanzó varias veces el cadavérico rostro de su enemigo pero éste consiguió desenfundar un viejo y roñoso cuchillo y con fuerza lo clavó en su axila izquierda impidiendo el continuo martilleo de los colosales puñetazos. El jugger empezó a mostrar rastros de sangre por la comisura de sus labios. Vidom se deshizo de él con la fuerza de sus piernas lanzándolo varios metros. El jugger chocó violentamente contra el grueso tronco de un árbol, rompiéndose la columna vertebral del impacto. Los hilillos de sangre dieron paso a auténticos manantiales. Sylvania intentaba con toda sus fuerzas impedir el instante fatal provocando algún movimiento en su criatura pero éste permanecía inmóvil, ajeno a cualquier estímulo; con los brazos extendidos, recostado en el maltrecho tronco.
–Caerás pues al fin –decía el Rey Vidom mientras se acercaba a él espada en mano–, pues sólo tu existencia es una blasfemia a los dioses que yo Vidom, Rey del antiguo reino de Alfo,
no puedo tolerar.
De un tajo cercenó la muñeca derecha del jugger que todavía sujetaba el arma. Un momento de respiro y el rey dijo:
–No más palabras pues esto es el fin. Tu fin.
De un golpe cortó el cuello del jugger. Un grito desgarró la ciénaga. Un grito de mujer que rabiaba de impotencia a muchos kilómetros del lugar, en la seguridad de su alcoba.